domingo, 24 de mayo de 2015

Al Este del Edén: yo soy alguien que camina




Decía Rilke que “nuestra patria es la infancia”, es decir, nuestro paraíso, nuestro Edén. Este espacio nació como quintaesencia de  La letra con salsa entra: un puñado de cosas que me gustan. Por eso Edén, por eso Paraíso.

“Y Yavé Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso ahí al hombre que había formado”


El Edén, aquello que añoramos, se sitúa siempre en Oriente; al Este: donde todos los días nace el sol, donde nacimos y, por eso, en nuestra infancia. Si lo pensamos así, nuestra propia existencia parece una forma de alejarnos de lo que deseamos, pero a veces no nos demos cuenta que camino del Oeste llegaremos de nuevo al Este. Lo más importante es que recorrer el camino nos merezca la pena:





domingo, 17 de mayo de 2015

El corazón es rojo




¿Qué es vivir? ¿Cómo se realiza una vida? Al avanzar mientras intuimos el camino y, sobre todo, no nos quedamos paralizados por los miedos, sino que los superamos. Ser valiente:  arriesgarse, como me repiten tanto en los últimos tiempos.  Nuestros miedos con frecuencia nos paralizan, matan el día impidiendo que la luz (nuestras ilusiones,  nuestros proyectos e ideas de futuro) abra el camino delante de nosotros, y terminamos encerrados en nosotros mismos. 

En la canción que os traigo hoy, Gallo rojo, gallo negro, en la versión de Chicho Sánchez Ferlosio, se manifiesta una dicotomía de colores, de actitudes ante la existencia, de sentimientos, de formas de actuar, de intenciones, que son el trasunto de ideas políticas. No se trata, sin embargo, de ningún dualismo (bien/mal), porque el problema de fondo no es tan simple: hay algo que guarda relación con el maravilloso hecho de estar vivo, de sentir palpitar la sangre, roja como uno de los gallos.


El gallo negro es grande y traicionero: la noche, la ceguera porque está al final, pero sin haber hecho el recorrido de la vida.  Se sitúa en la muerte, a su favor: parece paralizar con su sola presencia. Es el miedo a la muerte que es en sí mismo muerte, un ocaso que no ha conocido amanecer.

El gallo rojo, por su parte, es valiente, tenaz, tiene coraje. Está en el alba, también teñida de rojo, que anuncia la vida, la sangre pujante que vibra. La realización de la vida concreta: una vida finita que se sabe encaminada hacia la muerte, pero que no renuncia ni a la vida ni a la alegría. Es la llamada de la primera luz del día.


Pero volvamos a la canción. La batalla en la arena puede referirse a la historia: república contra fascismo, libertad contra totalitarismo, razón contra fanatismo… esas batallas hay que pelearlas aunque nos ataquen con más virulencia. Otras batallas debe enfrentarlas uno solo, en el desierto. Retar los propios miedos, de frente, sin mirar atrás, con coraje que es más que la ausencia de miedo, es saber que hay algo por lo que  merece la pena arriesgarse y dar la cara.

Silvia Pérez Cruz y Raül Fernández Miró arriesgaron haciendo granada (ellos insisten en que se debe escribir con minúscula), un disco maravilloso, de versiones, algo más que un riesgo. Tuve la suerte de verlos una noche de verano en Sevilla y en ese momento el álbum--no sólo el álbum--adquirieron otra dimensión.




Esta receta es otra dicotomía y también otra dimensión, las alubias negras con arroz, pero esta vez rojo también vibrante, lleno de vida… En la comida, cuando se producen felices encuentros,  las diferencias suman sabor y ¿no aspiramos a eso también en la vida?



domingo, 3 de mayo de 2015

Un mareo



Como me temía, un mareo.  Me siento en un bar para recuperar el pulso, saco el libro que guardé en el barco, y llega un leve olor a hierbabuena.


“Las avispas en el vaso de té.
dentro y fuera del vaso de té.
Quietas o volando
alrededor del vaso de té.

Allí, el dulzor condensado
en el agua humeante
de intenso color ámbar.
El perfume inequívoco
de las gotas de azahar
y yerbabuena.”


Estoy en Tánger. He cruzado el estrecho y todo me parece otro mundo: el sonido del almuédano, los vivos colores, las calles estrechas, el rostro de la gente, las miradas intensas y el olor a hierbabuena. No son tantos los kilómetros que me separan de mi tierra, pero observo “la promesa latente/de una vida distinta”



El viaje de vuelta se transforma en el viaje de ida, con los ojos aún bien abiertos para “retener” la belleza, acaso ya es difícil “evitar la deriva”.


Más allá, Tánger es un poemario de Álvaro Valverde editado por Tusquets a finales del año 2014 y no sólo es eso: también la historia de  su familia, la infancia de su madre, el deseo de volver, la imposibilidad de salir de Tánger. Mucho mejor que yo lo explica mi amiga Almoraima González en el número 377 de la revista Quimera de la que incluso el autor de libro se ha hecho eco en su blog. Tanto ella como yo sabemos que es un poemario “perfecto”,  porque comparten con él “igual desgarro”.







La sensualidad  inunda las calles de Tánger, las grandes avenidas, como Pasteur, las calles estrechas del zoco: haciendo que los sentidos se enciendan y la comida sea una fiesta. Es un derroche. El cuscús, las “olivas aliñadas", “la carne tomada por las moscas”, las berenjenas, “el pescado de escamas relucientes y agallas rojas”. De todas estas comidas he elegido el cuscús, sencillo, con tomate y cebolla, pero diferente, con una corteza, como el socarrat del arroz, esa parte crujiente que es la que más les gusta a todos los comensales.






Y sólo me queda recodar esos días pues la siguiente vez será diferente, “porque la vuelta atrás nunca es posible” allí queda: Más allá, Tánger.