domingo, 11 de enero de 2015

268 1/2







268 ½ no es 1021 ab urbe condita; tampoco el año de  la derrota de los godos, o las veces que he hablado de Vila-Matas, es el número de post que he publicado en este blog. En estos días de enero se cumplen cinco años de su nacimiento y, como muchas veces he dicho, siempre he tenido dudas; pero he sacado el trabajo adelante.



Le he dado muchas vueltas a esta entrada, he pensado mucho cómo debía hacerlo hasta que finalmente surgió la idea:8 ½ de Federico Fellini. En esta película Marcelo Mastroiani interpreta a un director bloqueado, así que intenta buscar inspiración; evidentemente un trasunto de Fellini, quien tras el éxito de La Dolce Vita se enfrenta a una crisis de inspiración. Decía un premio Nobel español que quien resiste en este país, gana. Yo no quiero ganar nada, pero me parece importante haber mantenido este ejercicio de equilibrista durante cinco años. Como Mastroniani-Fellini, en ocasiones me parece haber llegado a un callejón sin salida, pues las ideas no caen del cielo; sí, a veces he podido bloquearme, pero ha sido importante poder sustentar mi aportación, que no es ni mejor ni peor que la de otros, pero es la mía. No sé si puedo estar satisfecha, pero estoy orgullosa de mi esfuerzo: de las 268 veces que me he parado a meditar qué obra de arte relaciono con qué, de las 268 veces que he tomado la cámara procurando no sólo no repetirme, sino aprender de lo que hago.



Evidentemente, vivir es cambiar, pero he vivido tanto últimamente, que necesito un descanso. Por eso, he decidido hibernar unos meses como los osos porque no puedo ser como un gorrión en París.

Una de las mejores cosas que me ha pasado gracias a La letra con salsa entra, ha sido trabajar con un maravilloso equipo en Panes y dulces italianos de las hermanas Simili, editado por Libros con Miga.  Por eso y porque son italianas, como Matrosiani-Fellini, os dejo con el pan carasau uno de los que he elaborado y fotografiado para el libro.

Nos vemos en Comida's  y os espero Al Este del Edén hasta la primavera.








domingo, 21 de diciembre de 2014

Los frutos de la tierra




Hay  algo que tienen en común esta foto y esta receta: el cristal. El cristal como algo que separa el mundo de los sueños del mundo aparentemente real; pero ¿acaso nuestros deseos no forman parte de la realidad y, en ese sentido, no son reales? ¿No son nuestros sueños los que nos impulsan? El cristal parece transparente,  pero detrás de él todo se ve de manera diferente, con otro color y con otro brillo.  Estamos ahí, frente a algo que se encuentra casi al alcance de nuestra mano; por una paradoja, sin embargo, nos parece muy distante. Quizás sólo hace falta tener coraje y dar un pequeño paso en la dirección de nuestros sueños. Además, el cristal nos permite ver nuestro reflejo, nos deja observarnos. ¿Cuáles son realmente nuestros sueños? ¿Nuestros deseos son de verdad nuestros?


            En cuanto vi esta receta quedé prendada, igual que con el Christmas boy, retratado por el gran Richard Avedon en esta fantástica foto: la cara de deseo, de entusiasmo, la atracción irresistible por algo que está más allá del alcance inmediato de la mano. Enseguida supe que iba terminar haciendo la receta (yo he hecho una versión salada): un terrario es un pequeño ecosistema de plantas y tal vez nuestra vida se asemeje a una pequeña constelación de sueños si es que estamos despiertos. El cristal, esa delgada lámina de sílice, separa la vigilia del sueño, pero he pensado que quizás somos más nosotros cuando soñamos.


            Avedon es un fotógrafo americano de origen judío, cuya carrera comenzó en los años cincuenta. Llegó a ser director de fotografía de Harpers Bazaar y trabajó con Vogue, Look y otras muchas revistas de moda. Se hizo célebre por dar un aspecto personal a los editoriales de moda: los modelos dejaban de estar encorsetados y se sentían libres. Siempre utilizó el gran formato para sus trabajos, en uno de los más conocidos, In the american west, retrató a los personajes que no escribirían la historia de su país.


            La receta de hoy es un poco paradójica, pues podemos comerla o dejarla sobre la mesa como un elemento decorativo. O tal vez como sorpresa, pues la belleza nos alimenta y podemos dejar este terrario en mitad del mantel, pero sólo por unos minutos… hasta que removamos los ingredientes para comerlos. Siempre es la tierra la que nos alimenta.


         
   Pero hay algo más en común entre la fotografía de Avedon y la receta; algo que no se ve, algo que los impresionistas intentaron, a veces en vano, pintar y que siempre se nos escapa: el aire. Está ahí, rodeándonos. Sin él no seguiríamos vivos y, sin embargo, sólo lo percibimos cuando sopla. Sin duda, el cristal nos permite ver, pero también es una frontera, quizás ficticia, pues no separa: ¿quién puede distinguir en verdad la realidad de los sueños? ¿Sería yo misma sin mis sueños? El aire está a ambos lados del cristal y, si nos hacemos como ese aire—livianos, refrescantes—no tengo duda de que nuestros sueños, es decir, los deseos que nos constituyen realmente como personas, estarán más cerca de nosotros. Quizás nuestros sueños, esos deseos anclados profundamente en nuestros corazones, sean como ese aire: nos permiten respirar, nos dan vida y hacen que sigamos avanzando. El aire que sopla es común; hay estrellas dentro, pero también fuera. Los deseos nos alimentan, los sueños nos mantienen en pie. Quizás llegan días de romper fronteras, de permanecer como los centinelas, en pie sobre los límites. Y ahora pienso que  nosotros somos los que estamos dentro del terrario y que necesitamos abrir las puertas y salir. O tal vez necesitamos entrar y ser acogidos… Imaginad una puerta sin paredes. Acaso eso sea nuestra casa. Felicidades a todos.